13 oct. 2008

ESCÁNDALO EN LA CAMPIÑA MURCIANA - I - 2ª parte


CAPÍTULO PRIMERO
Segunda Parte

Claire llegó casi al mismo tiempo que Richard, la casa estaba situada en el vecindario de los Dimbleby, una zona residencial rodeada de jardines llamada comúnmente “Pineforest”, un enclave privilegiado a diez minutos de coche, tanto hacia el mar, como hacia el monte o a la ciudad de Murcia capital.

Era evidente que la noticia había corrido como la pólvora pues una nube de periodistas locales, nacionales, sensacionalistas  y vecinos atestaban la casa, todos con cara de asombro y preocupación, pues era una zona de corriente tranquila donde no era fácil encontrarse noticias como estas.
Unos policías de uniforme estaban en la entrada apostados para contener a los curiosos y los chiquillos intentaban colarse curioseando con la boca abierta.
En cuanto Richard bajó del coche un subinspector de policía le dio la bienvenida cambiando su gesto y levantando las cejas, momento en el que los fotógrafos al ver la novedad se abalanzaron sobre el señor Fawkes al verle descender del coche.
- Lo siento señores, ahora no puedo decirles nada, pues nada he visto y nada sé - cortó secamente Richard, cogiendo raudo a Claire del brazo e introduciéndola rápidamente en el interior de la casa, la puerta se cerró tras ellos encontrándose ante una escalera parecida a la de los barcos.

El inspector Martínez asomó la cabeza y reconociéndolo dijo:
- Es aquí arriba señor Fawkes.
Subieron la escalerilla y el hombre que se asomó les abrió una puerta y les hizo pasar a un gran dormitorio de cama doselada.
- Querido amigo – repuso el inspector jefe - pensé que dada su dilatada experiencia en su antigua profesión, debería consultarle éste caso, pues es extraña esta situación para nosotros, esta es una zona pequeña y no estamos acostumbrados a sucesos de tales dimensiones. Pensé que le agradaría conocer los datos más importantes Richard. Por cierto, ¿es mucha molestia preguntarle quién es la dama que le acompaña? Compréndame no es simple cortesía, la prudencia en estos casos es indispensable.
- Oh! En absoluto Antonio, agradezco su sinceridad. Ésta que me acompaña no es ni más ni menos que mis ojos, una amiga y estupenda observadora que será indispensable para la realización de nuestra colaboración, si le parece bien.
- Bueno, confío en su profesionalidad, si es de su confianza también lo será de la mía.
El inspector Martínez retomó la palabra:
- El difunto es el señor Don Jose Luis Salcedo de los Ciervos, el hijo y heredero de un ilustre hacendado de la región, con varios negocios de exportación hortofrutícola, una flota de camiones- traileres que recorren media Europa y una red conservera de envasados al vacío a nivel internacional.
- Bien, bien, déme más datos del difunto.
- Vivía aquí con una amiga… la señorita Ileana Stoica. La señorita Stoica estaba de compras y regresó esta mañana. Abrió con su propia llave y le sorprendió no encontrarse a nadie, a las nueve suele venir una mujer de la limpieza , por lo general. Subió primero a su habitación, que es ésta, y luego fue a la de su amigo que está al otro lado del descansillo. Al parecer la puerta estaba cerrada por dentro. Llamó y golpeó lapuerta en repetidas ocasiones y al no recibir respuesta, preocupada llamó a la policía. Eso fue a las 10.45. Vinimos enseguida y forzamos la puerta hasta que pudimos entrar, entonces nos encontramos al Sr. Salcedo tendido en el suelo con un balazo en la cabeza, en la mano tenía una pistola automática Walter calibre 22 y… aparentemente se trata de un caso de suicidio.
- ¿Dónde está la señorita Stoica?- repuso Miss Villaluenga.
- Abajo en el salón- dijo Martínez- una joven rubia, seria, fría y eficiente con mucho sentido práctico de la vida, un verdadero encanto.
- Si me permite Antonio, luego me gustaría intercambiar unas palabras con ella. ¿Le parece?
- Desde luego Señor Fawkes, Ud es una referencia para nosotros, no podría ni debería impedírselo.
Atravesaron el amplio pasillo de madera de barco, adornado con grandes plantas y esculturas alternadas, hasta llegar a la otra habitación. Donde les recibió un hombre bajito, un poco robusto y de cierta edad.
- Buenos días, me alegra veros por aquí - el médico forense no parecía alterado por la situación, sino más bien resignado a la cruel atrocidad del ser humano y sus designios- este caso es raro, o al menos muy curioso.

Mientras Richard y el médico observaban el cadáver, Claire Villaluenga caminó despacio por la habitación observando detenidamente la sensación que le producían las cosas que miraban sus ojos.
Evidentemente era una habitación bastante más grande de la que acababan de abandonar, tenía un balcón generoso y de no ser dormitorio, podría fácilmente haber sido utilizado anteriormente como salón, o despacho de recepción.
Estaba suntuosamente adornado, quizá en demasía, muebles macizos de maderas exóticas: un armario de esquina, una armario pequeño funcional, un diván tapizado de piel  repleto de cojines del mismo tono, un escritorio antiguo mallorquín repleto de cajones con cierre redondo, una mesa de cristal con un gran cenicero de ónix repleto de colillas y unas elegantes sillas a juego de la misma madera. Olió el aire e inmediatamente después fue a encontrarse con los hombres que estaban contemplando el cadáver.

Era un hombre de aspecto impecable y facciones delicadas, apenas rozaba la cuarentena, no se reflejaba en su cara y expresión corporal que su vida hubiera sido tan intensa, más bien se le veia como apacible, como si todo hubiera ido llegando de casualidad y sólo se hubiera molestado en gestionarlo hábilmente sin demasiado esfuerzo. En el lado izquierdo de su cara se hallaba un masa de sangre ya coagulada. Estaba tendido en el suelo cerca de la mesa como si hubiera resbalado de una de las sillas. Los dedos de la mano estaban crispados sobre una pistola.

- Bueno Richard,¿cómo lo ve?- dijo Luis Cano García, uno de los más conocidos en su especialidad.
- En principio y a simple vista, no hay nada que ciertamente pudiera impedir que fuera un suicidio.
- ¿Entonces qué es lo que me ha llamado la atención?
- La posición es correcta, la puerta y la ventana estaban cerradas , no lo sé todo parece en orden.
- Bien, echen una mirada a la pistola, verán lo que quiero decir.
Claire y Richard se arrodillaron y descubrieron la preocupación del señor Cano, efectivamente la pistola está en la mano, y parece que la sostiene, pero no es así.
- Como habrán descubierto la pistola está en la mano derecha, el arma fue colocada junto a la cabeza encima de la oreja izquierda ¿se han fijado? Aunque hubiera colocado el brazo en esa posición hubiera sido imposible disparar.
- Bueno, entonces es evidente que alguien lo mató e intentó que pareciese un suicidio, pero ¿cómo es posible que la puerta y la ventana estuvieran cerradas? – preguntó Richard.
El Inspector Martínez le contestó rápidamente a la pregunta:
- La ventana estaba cerrada por dentro, la puerta estaba cerrada también, pero no hemos conseguido encontrar la llave.
- Bueno es un detalle que pudo pasar inadvertido. La puerta está cerrada, se abre por la fuerza, se encuentra a un hombre con una pistola en la mano, un caso claro de suicidio, se encerró , se mató, no hay porqué buscar la llave, la policía abrió la puerta y ya está.
- ¿Hay algo que le llame la atención Claire? La veo muy interesada en el cadáver- preguntó el señor Cano.
- El caso es que estaba mirando su reloj, me parece una joya antigua muy poco común hoy en día, es una suerte recibir un legado así- lo decía mientras observaba el reloj en la muñeca de la mano que sostenía la pistola- es muy bonito, debió costar una fortuna.
- ¿Le sugiere alguna cosa?- respondió Richard.
- Ahora mismo no estoy segura, pero es posible, si... – se dirigió al escritorio, lo abrió bajando la tapa delantera redondeada, el interior estaba ordenado perfectamente haciendo juego con la decoración de la habitación, sólo que los instrumentos eran antiguos de escritura, en plata: pluma de ave, secador, tintero, cortaplumas, lacre y sellos, sólo estaban de adorno al no estar manchados de tinta ni de lacre, el cortaplumas sí parecía haber sido utilizado.

- Domingo 12 de octubre. El calendario lleva la fecha de ayer- apuntó Richard - ¿cuánto tiempo lleva muerto Doctor?
- Lo mataron sobre las 11 de la noche de ayer, una hora más o menos.
- ¿Qué hora pone en el reloj del cadáver?- preguntó Richard al doctor.
Claire respondió rápidamente:
- El reloj está parado a las cuatro y cuarto, y supongo que no pudo ser asesinado a esa hora.
- Supone bien amiga.

Claire siguió observando detenidamente el antiguo escritorio de nuevo, esta vez con más detalle, el secante estaba sin estrenar, las hojas blancas inmaculadas, la papelera tenía dos o tres cartas cortadas por la mitad, y dos o tres anuncios publicitarios, así que ni le resultó difícil reconstruirlas: una petición de donativo para una ONG, una invitación para acudir al lanzamiento de una nueva marca comercial y una factura de la tintorería. Los anuncios eran de una tienda de pieles de lujo, de un complejo residencial de unos resort de golf y un catálogo de compra de unos grandes almacenes.

-¿No es extraño que no haya dejado una nota de suicidio? Es lo más corriente en estos casos.
- Exacto, una prueba más de que no fue un suicidio- se apresuró a comentar el inspector. Se dirigió a la puerta:
- Será mejor que mis hombres se pongan a trabajar y el doctor siga haciendo su trabajo. Además debo hablar con la señorita Stoica, ¿me acompañan?
Claire seguía mirando pensativa el escritorio y su contenido.
Sus ojos antes de salir se volvieron para mirar la flamante pluma de pavo real que destellaba en la habitación con su presencia.


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5 comentarios :

  1. Sigue pintando bien.

    Ánimo.

    Besos.

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  2. Fascinante relato, Almatina. Y aunque no fuera --como soy-- un murciano expatriado, lo hubiera disfrutaría igualmente.
    Tienes mucho talento, sí señora.

    Un abrazo desde Chile.

    Luis

    (Te he regalado un barco de papel para que juegues un ratico con él. Puedes recogerlo en mi blog.)

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  3. disfrutado, disfrutaría, disfrute... qué más da! :)

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  4. Muy buenas las dos partes. Siempre es un placer leerte.

    Un beso.

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