26 nov. 2007

"Escribir es tratar de saber lo que uno escribiría si uno escribiera". Margueritte Duras.






"Le dice: preferiría que no me amara.
Incluso si me ama,
quisiera que actuara como acostumbra a hacerlo con las mujeres.
La mira como horrorizado,
le pregunta:
¿quiere?
Dice que sí.
Él ha empezado a sufrir ahí,
en la habitación,
por primera vez,
ya no miente sobre esto.
Le dice que ya sabe que nunca le amará.
Le deja hablar.
Dice que está solo, atrozmente solo con este amor que siente por ella.
Ella le dice que también está sola.
No dice con qué.
Él dice:
me ha seguido hasta aquí como si hubiera seguido a otro cualquiera.
Ella responde que no puede saberlo, que nunca ha seguido a nadie a una habitación.
Le dice que no quiere que le hable,
que lo que quiere es que actúe como acostumbra a hacerlo con las mujeres que lleva a su piso.
Le suplica que actúe de esta manera."

(Fragmento de: El amante_Margueritte Duras)

16 nov. 2007

“Varieté”



"Reposaba perezosamente en la única ventana de la habitación.
Encendió con gesto mesurado uno de sus delgados cigarros.
Estaba representando para un público invisible..."

Hola, soy la gata Flora, que aflora, y ésta fue mi primera vida de las siete.


Me llamo Alma, nací en la calle de Torrecilla del Real, en el centro de Madrid, hija de una canaria (cantante de ópera)y un hellinero (pintor y escultor), a los 8 meses viajé a Venezuela, con 5 años aprendí a leer y escribir por mi cuenta, gané el premio nacional de baile con un traje indio que me cosió mi aya y con 6 años medio criada por ésta hechicera selvática, volví a Madrid, donde estuve confinada en mi casa por mi padre, hasta los 18 años que conseguí salir, por unos asuntos de tierras y herencias castellano-murcianas, y entre tanta confusión me encontré libre.

En ese tiempo, estudié en el primero Palacio y después colegio denominado entonces “Beatriz Galindo” sito en la calle D. Pedro, después nos llevaron a otro en Bailén, cerca de las Vistillas, donde dábamos buena cuenta primero de pan con jamón o chocolate y luego de más mayores de traguitos de vino cristiano (aguado) en la Plaza de la Cruz, ya cuando íbamos al Instituto San Isidro, donde dos compañeros y yo descubrimos un par de bancales de madera con varias firmas de plumilla incrustadas en ellos, entre las cuales encontré la del mismísimo D. Fco. de Quevedo y otros que agora ya no recuerdo.

Nuestro profesor de literatura, el para mí excelentísimo, D. Luis Cañizal, se embozaba en una capa, de Seseña cómo no, y nos daba lecciones, asustándonos de vez en cuando con su voz tormentosa, trayendo aparatejos como gramófonos y radios antiguas, llevaba la biblioteca del centro,con su siempre eterno y preferido Arcimboldo, guardándole las espaldas con sabor a tomate, al lado del patio con su pozo y su cubo, que los extranjeros, con su cara de boniato, venían a visitar.

Éstas lides las cuento con añoranza, puesto que después de que el padre, artista y gentilhombre de la familia consiguiera su herencia, nos abandonó dejándonos a mi hermana, a mi madre y a mi en la promesa de una próxima vuelta de unas gestiones notariales por Murcia, necesarias para unos trámites funerarios.

Viendo yo que el "gazapo" no aparecía, mas que asomando la nariz por el fono para que no nos moviéramos de allí, y estuviera todo en orden, con la cobardía de los que cometen sus fechorías de tristes y bajas maneras, sospeché, y conseguí desaparecer a los ojos de mi madre, que se encontraba en un estado de letanía mental de la eterna espera, para actuar y buscar fuera la comida que no encontraba dentro.

Así me puse a trabajar primero limpiando una escalera de Corrala, y tan mal me salió el invento, que el vecindario me recomendó otros menesteres, pues caí en gracia, al ser yo firme y buena persona, a unos trabajos que regentaba un hijo de la rica a las afueras de Madrid, esperé el transporte común, y allí me presenté, con la recomendación de la vieja, y con ganas de saber del otro mundo real, que tan vedado me estuvo, y que sólo conocía por mi ventana.

Conseguí el empleo, y tan buena disposición tuve que en cuatro meses me ascendieron, y tan poco conocía yo del mundo, que desgracias me creé por ser tan buena en lo mío, me echaban las mozas jóvenes el humo a la cara, me desplantaban en el comedor, pero al no haber tenido contacto humano, a mí se me daba igual y no me lo tomaba a mal, creando para mí odio y rechazo del populacho, que estimo rondarían en más de 400 personas de una fábrica farmacéutica, hete aquí que me adoptó una viejita elegante y seca como una pasa, resultó ser la primera que vi cuando llegué y me ayudó a encontrar el despacho del director, me echó un lazo y me trató como a una hija.

Me contó que había sido modistilla de una peletería en la Gran Vía, que tenían que esconderse en la guerra cuando oían las sirenas, y dónde estaban metidos los sacos con los que los hombres hacían las barricadas para proteger las tiendas y portales, me enseñó los raídos raíles del tranvía que hubo en Madrid y más cosas.

Todo esto me lo contaba por las tardes, mientras me regalaba al final de la visita del café mezclada con achicoria y la rosquilla casera, un cuartillo de azúcar que yo recibía de muy buen gusto, a veces iba conmigo a la calle de la Ruda, donde estaba la tienda a la que solía ir, pues ya había mucha morería por aquellos tiempos, y la venta de curry y especias para aliñar las comidas prosperó de nuevo.

Yo viví en la plaza Cascorro, la de aquél soldado español tan conocido, y los años ochenta los había visto desfilar por la ventana, con sus crestas, sus chupas de los Ramones, los 6 negros metidos en un seiscientos y aquél claxon tan conocido que sonaba a vaca: MUUUUU, se oía todos los domingos en el Rastro. Aún recuerdo el primer negro que llegó al barrio; Era tan negro que parecía azul, y tan alto que era imposible no mirarlo, además por lo extraño que nos resultaba ver a alguien tan diferente, lo acogimos enseguida, con ese carácter tan madrileño, de mezclar como ensalada lo venido de fuera, como una ciudad con puerto, esperando siempre la llegada del mar.
Digo lo acogimos, porque aunque yo vivía encerrada en lo más alto de “Embajadores 4”, estaba al día de todo lo que pasaba fuera de mi puerta por Carmen, la quiosquera sevillana, gitana vieja, que ríete tú de salsa rosa.

Ésa fue la que me dijo que para “airear una casa nueva” tenías que ir con el romero en la mano y sacudirlo por las esquinas, diciendo; “romero santo, romero güeno, que salga lo malo que entre lo güeno”, como poesía no vale ná, pero desde entonces siempre tengo un poquito de romero, lavanda de romano o laurel por casa, que compraba de las sacas del herbolario de la esquina, al lado de la taberna del Tío Vinagre.

Cuando terminaba su interminable jornada en su quiosco, a medio metro de la puerta de mi casa, se subía a la casa a cogerse la silla y los prismáticos, no fuera que se perdiera algo de lo que aconteciere en su ausencia, y no poder contarlo al día siguiente, creo que yo que tendría algún otro negocio de compraventa informativa.

De pronto, y tras años de ausencia conocí la historia de mi abuelo materno, capitán de barco, malagueño , republicano, con cuatro medallas al valor, enseñó a leer a pescadores y patronos, por eso le ayudaron a escapar como polizón a canarias, donde conoció a la hembra más bella, dura y fiera del lugar, mi tremenda abuela Mélida y la del otro abuelo, el paterno, nacional contable en Murcia, casado con mi abuela Paca, más burra que un arao, pero más lista que un zorro, que fue la que le dio en herencia conyugal su patrimonio (ella era la rica) a través de un matrimonio de conveniencia que les amargó hasta el fin de sus días. Ahí conocí por primera vez la historia de las dos españas, en primera persona.


Ahí empecé con 18 años a conocer una parte de la verdad sobre mi familia, mi vida y todo lo que yo creía entonces se empezó a resquebrajar, empezando a tener serias dudas sobre muchas de las cosas que me habían sido contadas.