11 dic. 2013

MADRE


Miré a través de la ventana abierta, el follaje de los robles crecía alrededor de ese antiguo y siniestro edificio. Estaba en la segunda planta. Era un antiguo palacete reconvertido en hospital, por cualquier otra obra de caridad fideicomisaria.

“Ahora esta en cielo. Debería estar contenta. Además,  no hay nada mas que hacer”.

Al momento siguiente salí al pasillo, entrecortada. Me encontré a la superiora, “¿Quiere usted dar esas flores a la Virgen?” miro el ramo yaciente entre mis manos, como el que asalta una exuberante diligencia antes de morir, y de repente ofendida, dije que no. La monja me miro. Tendría unos setenta años o mas, estaba reseca, como pellejo, por su continua actividad como organizadora de ese lugar con fuerte olor a soledad y lejía, tendría un vientre negro y seco, oscuro, como cueva abandonada. “¿Quiere usted comulgar?”, “No. Estoy sin bautizar”, dije secamente. Entonces me miro de nuevo, como si me viera por primera vez, su rostro se volvió horrible y perverso, era el rostro de la maldad. El diablo, pensé. “Esta no quiere comulgar y se queja de que ha muerto. Bah” dijo en alto para un publico invisible. Acostumbrada a dar ordenes, esclavos, supuse. Salio airada, digna, dando un portazo. La llamaban “madre”, y sin embargo ya entonces, a esa joven edad, pensé que era el nombre menos apropiado para ella. Fue la primera vez que mire la maldad a los ojos.

Aquel día, mi vida cambió en su ser mas intimo, descubrió la estafa, cambió de orientación. “La Verdad” sin embargo era “Mentira”, me encontraba inocentemente sorprendida, lo que se suponía correcto, o inmoral, sin embargo era mas bien al revés. Lo supe con esa certeza intima, tan dentro de mi que abrasaba mis entrañas.

Sabía que era mala, amarga de hiel, socorrida a excusas manidas, injusta bajo un falso e imperante orden artificial ante latientes vidas bajo su control. Su falta de pudor hacia la bondad, eliminaba la esperanza que hubiera en ellos. Gélida. Pensé en aquella persona fallecida que venia a ver, ya sin embargo demasiado tarde. Descubrí la soledad entre esas piedras, esas implacables sabanas blancas de aséptico olor. Pensé que esperaba mi visita, y que quizás ese calido recuerdo, la memoria, acompañara sus últimos momentos. Olí a tranquilidad neutra en la habitación demasiado fría, y supe que todo fue tranquilo, mas por elección que por opción.

Todo mi ser se revolvió ante algo tan convulso. Fui consciente de la tenebrosa línea que separa la verdad del vicio sustituto, la oscuridad de la luz.
Y gire los ojos hacia dentro, hacia mi, aterida del frió de la muerte en vida, protegiéndome de esos ojos malvados, cuchillas de infierno blanco con olor a lejía. Súbito,  convergí, en mi propia luz. En mi linterna. Luciérnaga.
Descubrí que mi norte era mi centro, ese imán interno funciona, observe mi centro de gravedad, el poder de la certeza, la obviedad de la verdad, descarnada, sin adornos. No estaban en los otros ojos, sino en como se reflejaban en los míos como espejo, hipnotizándolos bajo formulas corteses, demasiado comunes, viciado de formas.
Descubrí los mandos de mi carreta, de que su poder era inmune si me escuchaba por dentro, escondida najo mi propia piel, no lo que decía, sino lo que intentaba hacerme sentir, del desprecio a lo bello y hermoso, y la onerosa necesidad de encubrirlo todo bajo una capa de aparente normalidad, tangible, controlable, del mundo invisible que es esconde bajo las formas, y de la clara manipulación de lo evidente. El MUNDO INVISIBLE.
Me quite las gafas de la corrección, y descubrí el otro lado del espejo, el interno del ojo, la maquinaria donde s e reflejan las imágenes inversas y vueltas a convertir.
Y no solo vi, sino que aprendí a ver, a entreleer, a escuchar mis impulsos instintivos animales, y desde entonces deje de confundirme tanto, empecé a crear mi propio diccionario, de la realidad, y de lo que se supone que era.

Las flores, ya tocadas de muerte nada mas cortarse. Descansaron en el regazo de piedra, de aquella persona, antes alma viva, a la que fui a visitar. Alejadas, su efímera belleza,  de los golosos ojos acusadores de ese vientre seco y oscuro, esa maldad intuida, de esa tal madre, paradójicamente, de vientre vacío de vida, tan seca de amor como de carnes, enjutas, de bruja vieja.

Conocí el mal, y no precisamente en las peores calles, y en ese momento, nació mi conciencia.

Desde entonces jamás volví a confundirme de sensaciones, el poder del miedo estaba en su mirada, el espejo del otro, no en la mía, solo tenia que reconocer su naturaleza esencial, impedir que entrara en mi estancia, que cogiera su poder. Ese día descubrí mi fuerza, porque no deje que la oscuridad me cegase entrando en mi, como alfiler de formas, salio por donde había venido sin atreverse a penetrar mas, paseando su helor por mi alma, me dio un escalofrió. SE fue dando dio un portazo, no debe ser fácil asumir que no puedes convencer a todos todo el tiempo, esa certeza necesaria en mi, su odio hacia mi diferencia, era en ella algo innato, olía la incorrupta pureza de los amparados por si mismos, los que no se dejan chantajear, ni pisar la delicada telilla del amor propio, ese duelo invisible de poder,  especialmente cuando todavía, se encuentran, como era mi caso entonces, aun verdes en defensas.

Cerré la puerta al mal en sus narices, le impedí la entrada, tajante, a la ventana abierta de mis ojos.

Los robles crecían en espeso follaje, tras las ventanas. Salí del edificio veloz hasta el gigantesco portón, respirando al fin, huyendo de ese terrible olor a muerte, aspire con fuerza el gélido aire hasta que sentí casi dolor de frío, y no termine de respirar fuerte, hasta que se me inundaron los pulmones del aroma de la tierra mojada y negra de las fértiles tierras del norte. Y me sentí roble, abrigada entre sus ramas, luciérnaga de bosque. Desde aquel día, ese árbol me cae bien, me aporta la serenidad de la tierra nutrida, escucho el imperceptible murmullo de su  savia fluyendo por el interior tan rico de vida, bajo su dura corteza, cantando en silencio, alrededor de la estructura colosal de la piedra fría.

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