9 abr. 2019

La Mercader III


«Para ella, el navío encarnaba la libertad, el porvenir, tesoros sin límites.
Las velas blancas del San Gerónimo, tejidas con esa tela de Castilla que ninguna  borrasca podía desgarrar, parecían aletear y elevarse con un alborozo que ella  misma se esforzaba por contener.
No sabía si era efecto del sol, del viento, del agua... Pero cuando sentía bajo los pies el barco, que navegaba alegremente, ella  misma sentía una alegría sin igual.
Era un bienestar nuevo, una plenitud física, algo instintivo y sensual que nunca había experimentado.
¡La vida definitivamente era extraña! Y los caminos del Señor, inescrutables...»

(Lapierre, 2013:181).

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