12 may. 2019

De las Condenas y los muertos que aparecen entre las alacenas

No hay juez sin condena
taberna sin mesonera
ni vino turco
sin alguno cristiano aguado.

Me crié en la cava baja, y nací en la Calle Torrecilla del Leal 24, en la ciudad vieja, encuentro juglar de moradas y moralejas, entre las tres murallas árabes, la taberna del tío Vinagre y el Avapiés, en el colegio del cabrón del Quevedo el cojo, y con esa mala leche ponzoñosa y divertida, hicimos piña aquellos en cual nos fuere la vida, una causa justa, un escrito ensañado. Los bachilleres del San Isidro primos hermanos de los salmantinos.
Yo era la "maga", el otro el "gitano", la "estudiante", el "murciano" y el "bribón".
Yo era la "llave", la que habría las puertas imposibles, el otro el "conseguidor", la otra la disciplinada en las "artes menguantes", el otro el "bruto" y el del mas allá el cabrón "resolutivo".

Descubrimos un cañoncito de época y lo disparamos en plena calle Toledo, reventamos los cristales de la abandonada casa de enfrente, porque pensamos que nunca funcionaría, los echaron por rufianes, nunca quisieron creer en mi confesión que fue idea mía.

En mi bachiller, nos enseñaron que el Candelas también estudió allí, lo echaron por darle un guantazo más que ganado a un profesor, y se hizo famoso bandolero, porque la dignidad no se vende, ni se compra, y porque el mejor guitarrero, hacía guitarras en la calle y cerró sin fondos, en la corrala muriendo solo.
En mis manos tuve las notas de los hermanos Machado, uno escritor fino y letrado, otro deportista y maniatado, pintor desdibujado.

Mi profesor de literatura fue "alumno" suyo, un niño desterrado que coincidió con él en aquellos años de guerra en la frontera de Francia. Le regaló una maleta de cartón con los libros "prohibidos", un día en clase nos trajo ésa maleta, y el dibujo suyo el de un niño español aterrado, y cómo su voz serena calmaba a aquél muchachillo flaco de ojos abiertos. Sólo sobrevivieron tres de aquéllos libros originales, pero la maleta estaba llena, aquél chico se pasó la vida reconstruyendo y buscando cada uno de aquellos retazos del poeta, se le quedaron grabados en la memoria del alma. Fue sacando del olvido aquellos pedacitos de historia recibidos, y éstos me llegaron a mi.

Absorta, poeta, paseaba mis manos chicas por la contraportada de aquella tinta obsoleta: "A mi niño Juan, tu amigo Antonio", mis dedos leían el braille de las dolorosas historias incompletas, absorbiendo su magia, heredando sus verdaderas promesas de esperanza grabadas en el alma mía.

Ay! mi Madrid, mi muro antiguo, los de allí acorralados, te dejamos a tu suerte, nos recorrimos las américas, las españas y las holandas, y al volver, vimos que prostituida, comercialada, encorsetada, ya escondida su alma vendía mi ciudad endiablada.

Desde mi plaza Cascorro, mi atalaya, mi ribera de curtidores, mis gitanos sabios, mis rincones varios, te dejé al no verte reconocida.

Desde entonces, descolorida, desterrada
fuíme cá los parientes murcianos, y cerca del mar, todo fue acordarme de tus empedradas y tus casquillos de barrio.

(Pero tales eran ruines y serviles
de meter el dos de bastos
y sacar el As de oros
Rateros
de ratones sin alas
Ni alpargateros
Terminé por aprender
A fiarme de nadie
Y menos
Del amable carretero)

Adiós mis madriles de tabernas serviles.
Me despido en el foro de uno de los forasteros a los que acogimos,
uno de los aguerridos, que prostituyó nuestras memorias, pero como todo
se ablanda cuando no se usa, tanto tiempo de aquello, quen ni veo ya los destellos por el camino de mi blusa.

Adiós autor de un libro
nos robaste las historias
ya ni los nuevos recordarán sus viejas glorias, sus heroicidades incompletas, llenas de anónimos auténticos poetas.
Nos vendiste pizpiretos, caricaturas secas, te olvidaste de las madres escondiendo las muñecas tras los sacos, de los cuartillos de azúcar en papel de estraza que nos vendían en la calle de la Ruda y los avisos de aviones fantasmales para refugiarse en el metro en sus galerías de abajo.

No queremos glorias
ni la justicia de la condena
de la eterna pena
ni los carriles de las norias.
Queremos al fin
Una digna memoria.

Como almas que lleva el diablo
mi corsé se arrepiente del callejerío valdío

(De mi viejo barco
y sus estufíos)

Desde la atalaya de piratas viejos
de las golondrinas madrileñas, de los vencejos,
errantes, aunque sin un duro
nos queda la memoria olvidada
de las tumbas de los cervantes mendigantes.
Los que no nos afilábamos los bigotes
en el teatro de lo alto de la balaustrada.
Los que vivos seguimos abajo en los bancos
del patio central de los hildeputas.
Los que hacíamos teatro de carretera y manta, nos recorríamos como juglares las viejas rutas, sin medallas de Ateneos ni de Ateneas, todos aquellos viejos actores murieron, Gilas anónimos y quedé yo, la memoria.
Aquella niña chica, que con los ojos abiertos iba recogiendo maletas de cartón abandonadas, de viejos y maltratados tiempos incompletos.
Otra promesa más de otro niño más entre los carriles de los muertos.


Firmado:
La pirata mora

Pues ni vino
cristiano
ni si fuera aguado

1 comentario :

  1. Y así es la memoria
    Como el alma
    Muda
    De ropas y tiempos
    Pero sigue ahí
    Como la sombra
    Insolente
    Inútil, dócil y muda
    Recordando
    Dentro de ti
    Los tiempos
    Pertinaz
    Como la duda

    ;)

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