11.12.13

CANTANDO BAJO LA VENTANA



Una noche, hace mucho, pasaron bajo mi ventana un hombre y una mujer.

Fue en mitad de la noche. Iban cantando cierta canción, no se cual, pero me pareció haberla oído antes, quizá solo una vez en mi vida, algún único momento de felicidad absoluta en mitad de la nada.

Solos en el mundo. Cantaban con voz suave, dedicada. No canturreaban a gritos insolentes, como hacían los borrachos de las tascas todos los fines de semana. Se escuchaban cantar.

Solamente dos personas que se amaban, que estaban todavía en lo vivo de un amor naciente, solos, a esa hora, ese día y en ese momento en que la humanidad abrumada por el olvido se recupera del sueño, solo ellos tenían esa oportunidad de dedicarse cantar.

 En medio del silencio, rasgando la tela oscura de sueños, el filo donde termina un día y empieza el otro, aun sin haber muerto ni nacido cada uno del todo, en esa mitad de la nada, se elevaba esa canción. Una flor rompiendo con sus pétalos la noche de piedra. Cantar contra la muerte, pensé.

Toda mi carne se puso a gritar deseando ser ellos, y cuando la pareja se hubo alejado tras largo rato, seguí sin poder dormirme, tarareando en mi mente esa sencilla melodía, llenando de vino mi copa vacía por esos instantes de sutil belleza.

Ayer noche recupere ese ligero silbido, esa sensación eterna, durante un instante.

... y sin embargo, se mueve.


Eso fue hace tanto, que parece un sueño. Ahora tengo mi propia ventana para cantar esa canción eterna, ahora tengo mi propia melodía, mi propio pedazo de eternidad

MADRE


Miré a través de la ventana abierta, el follaje de los robles crecía alrededor de ese antiguo y siniestro edificio. Estaba en la segunda planta. Era un antiguo palacete reconvertido en hospital, por cualquier otra obra de caridad fideicomisaria.

“Ahora esta en cielo. Debería estar contenta. Además,  no hay nada mas que hacer”.

Al momento siguiente salí al pasillo, entrecortada. Me encontré a la superiora, “¿Quiere usted dar esas flores a la Virgen?” miro el ramo yaciente entre mis manos, como el que asalta una exuberante diligencia antes de morir, y de repente ofendida, dije que no. La monja me miro. Tendría unos setenta años o mas, estaba reseca, como pellejo, por su continua actividad como organizadora de ese lugar con fuerte olor a soledad y lejía, tendría un vientre negro y seco, oscuro, como cueva abandonada. “¿Quiere usted comulgar?”, “No. Estoy sin bautizar”, dije secamente. Entonces me miro de nuevo, como si me viera por primera vez, su rostro se volvió horrible y perverso, era el rostro de la maldad. El diablo, pensé. “Esta no quiere comulgar y se queja de que ha muerto. Bah” dijo en alto para un publico invisible. Acostumbrada a dar ordenes, esclavos, supuse. Salio airada, digna, dando un portazo. La llamaban “madre”, y sin embargo ya entonces, a esa joven edad, pensé que era el nombre menos apropiado para ella. Fue la primera vez que mire la maldad a los ojos.

Aquel día, mi vida cambió en su ser mas intimo, descubrió la estafa, cambió de orientación. “La Verdad” sin embargo era “Mentira”, me encontraba inocentemente sorprendida, lo que se suponía correcto, o inmoral, sin embargo era mas bien al revés. Lo supe con esa certeza intima, tan dentro de mi que abrasaba mis entrañas.

Sabía que era mala, amarga de hiel, socorrida a excusas manidas, injusta bajo un falso e imperante orden artificial ante latientes vidas bajo su control. Su falta de pudor hacia la bondad, eliminaba la esperanza que hubiera en ellos. Gélida. Pensé en aquella persona fallecida que venia a ver, ya sin embargo demasiado tarde. Descubrí la soledad entre esas piedras, esas implacables sabanas blancas de aséptico olor. Pensé que esperaba mi visita, y que quizás ese calido recuerdo, la memoria, acompañara sus últimos momentos. Olí a tranquilidad neutra en la habitación demasiado fría, y supe que todo fue tranquilo, mas por elección que por opción.

Todo mi ser se revolvió ante algo tan convulso. Fui consciente de la tenebrosa línea que separa la verdad del vicio sustituto, la oscuridad de la luz.
Y gire los ojos hacia dentro, hacia mi, aterida del frió de la muerte en vida, protegiéndome de esos ojos malvados, cuchillas de infierno blanco con olor a lejía. Súbito,  convergí, en mi propia luz. En mi linterna. Luciérnaga.
Descubrí que mi norte era mi centro, ese imán interno funciona, observe mi centro de gravedad, el poder de la certeza, la obviedad de la verdad, descarnada, sin adornos. No estaban en los otros ojos, sino en como se reflejaban en los míos como espejo, hipnotizándolos bajo formulas corteses, demasiado comunes, viciado de formas.
Descubrí los mandos de mi carreta, de que su poder era inmune si me escuchaba por dentro, escondida najo mi propia piel, no lo que decía, sino lo que intentaba hacerme sentir, del desprecio a lo bello y hermoso, y la onerosa necesidad de encubrirlo todo bajo una capa de aparente normalidad, tangible, controlable, del mundo invisible que es esconde bajo las formas, y de la clara manipulación de lo evidente. El MUNDO INVISIBLE.
Me quite las gafas de la corrección, y descubrí el otro lado del espejo, el interno del ojo, la maquinaria donde s e reflejan las imágenes inversas y vueltas a convertir.
Y no solo vi, sino que aprendí a ver, a entreleer, a escuchar mis impulsos instintivos animales, y desde entonces deje de confundirme tanto, empecé a crear mi propio diccionario, de la realidad, y de lo que se supone que era.

Las flores, ya tocadas de muerte nada mas cortarse. Descansaron en el regazo de piedra, de aquella persona, antes alma viva, a la que fui a visitar. Alejadas, su efímera belleza,  de los golosos ojos acusadores de ese vientre seco y oscuro, esa maldad intuida, de esa tal madre, paradójicamente, de vientre vacío de vida, tan seca de amor como de carnes, enjutas, de bruja vieja.

Conocí el mal, y no precisamente en las peores calles, y en ese momento, nació mi conciencia.

Desde entonces jamás volví a confundirme de sensaciones, el poder del miedo estaba en su mirada, el espejo del otro, no en la mía, solo tenia que reconocer su naturaleza esencial, impedir que entrara en mi estancia, que cogiera su poder. Ese día descubrí mi fuerza, porque no deje que la oscuridad me cegase entrando en mi, como alfiler de formas, salio por donde había venido sin atreverse a penetrar mas, paseando su helor por mi alma, me dio un escalofrió. SE fue dando dio un portazo, no debe ser fácil asumir que no puedes convencer a todos todo el tiempo, esa certeza necesaria en mi, su odio hacia mi diferencia, era en ella algo innato, olía la incorrupta pureza de los amparados por si mismos, los que no se dejan chantajear, ni pisar la delicada telilla del amor propio, ese duelo invisible de poder,  especialmente cuando todavía, se encuentran, como era mi caso entonces, aun verdes en defensas.

Cerré la puerta al mal en sus narices, le impedí la entrada, tajante, a la ventana abierta de mis ojos.

Los robles crecían en espeso follaje, tras las ventanas. Salí del edificio veloz hasta el gigantesco portón, respirando al fin, huyendo de ese terrible olor a muerte, aspire con fuerza el gélido aire hasta que sentí casi dolor de frío, y no termine de respirar fuerte, hasta que se me inundaron los pulmones del aroma de la tierra mojada y negra de las fértiles tierras del norte. Y me sentí roble, abrigada entre sus ramas, luciérnaga de bosque. Desde aquel día, ese árbol me cae bien, me aporta la serenidad de la tierra nutrida, escucho el imperceptible murmullo de su  savia fluyendo por el interior tan rico de vida, bajo su dura corteza, cantando en silencio, alrededor de la estructura colosal de la piedra fría.

TAM TAM LA BAILARINA


Era un sitio cualquiera, otro rincón olvidado, atrapado entre el mar y la montaña, hacia las fronteras de cualquier lugar.

Allí no hay nada.

Una carretera cada vez mas mala que se detiene, curiosa, ante el mar. La cordillera, mujer tumbada, va en paralelo a ella hasta el final y se sumerge en la tranquila hondonada, donde algunas rocas lejanas, brotando como islotes, se divisan espaciadas. Algunos pueblecillos humildes, sembrados a orillas de la carretera, aparecen escondidos a los ojos de turistas ociosos de lugares mas exoticos, sin embargo esto era el polvo, una carretera secundaria hace mucho tiempo olvidada. Al caer la tarde grandes estelas de humo resinoso se iluminan, surgidos de las hogueras de maderas aun verde, circulando por entre la densidad que rezuma en el aire.

Al largo del camino, junto al automóvil, divisé a niña y anciano, irian de aldea en aldea. Cuando llegaron, yo me encontraba allí por casualidad, como siempre. Un pequeño y monótono tam tam los anunciaba desde por la mañana, sin respiro llamaba con emergencia cansada, implorando que fuesen a verlos. Al anochecer, los caminos se llenaban curiosos, quizá venidos de otros pueblos.

Cuando llegue a esa choza mugrosa, estaba oscura y llena de gente. El olor a humedad tras las repentinas lluvias veraniegas, salía de los cuerpos como vahos de multitud. Se colo en mi traquea, como humo denso de un habano, sin dejarme respirar. Como un asco hediondo, a cuerpo infecto, alimentándose de mal ajeno. En medio, sobre un estrado desnudo, la niña estaba bailando ya, en una suerte de espectáculo, pobre de medios y recursos, unas lámparas humeantes parecían aislarla del resto del mundo, de la incipiente noche. Un viejo, acuclillado en un rincón, ora de pie, ora arrodillado, cantaba una larga perorata, antes de entonar una tediosa canción a ritmo duro. Su voz era hueca y cascada. Fea, con el timbre de los que ponen la pasión en un rimo implacable. A veces. Para seguir la locura hipnotica, clamaba afónico, y su grito padecía el dolor crónico, la oscura resignación de los olvidados. Este recuerdo valdío, como tantos otros, apareciendo de repente en mis ojos, han seguido siendo para mi como fugaces visiones de tantas vidas pasadas,  sobrevividas, abarcadas, en una sola.

La muchacha baila, todavía joven, y sin embargo sus ojos ondean una vejez incipiente, una belleza decadente de flor ajada aun antes de germinar. Ha debido caminar largos días bajo el sol, tiene la piel de los hombros quemada, los pesados aretes metalicos de imitación, adornan sus timidos huesos, parecen morderla. No sabe  bailar, ni actuar. Creo que tampoco a nadie le importa.

Se entrega a una danza hueca sin remedio, da su juventud, vaciándose, aun antes de sumergirse en la nada. Aun antes de la silvestre danza, el viejo alaridos pasara la bolsa abierta, buscando su beneficio durante toda la noche. Los buitres pastan ociosos sus ojos, sobre la muerte adelantada, ambos extremos de la vida, juventudy vejez de la mano, unos a punto de dejarla, y los que casi no han nacido para el mundo, nadie querría a esa salvaje cenicienta, a una pequeña criada, ni a ese viejo ennegrecido, que no vale ni para caldo. Por el día dormirá por alguna cuneta, o recorre el camino con este olvidado mentor, no debe tener mas que ella, una huida de caminos, una comida sin huella.

Ella y el viejo empiezan a la vez. Las primeras notas cantadas son bajas. Tenebrosas. Enseguida se percibe que llaman a otras mas lejanas. La danza comienza, sobriamente, como poniendo atención de nacer en el momento preciso. Empieza golpeando con el talón, en seco, elevándose sinuosa, lenta, hasta las huesudas caderas, ensanchándose hasta el torso, que se encierra entre los brazos, como una joya invisible, valiosa, donde la danza trata de escaparse sin vaciarse.

De repente la cadera se inmoviliza, las piernas se separan y los pies se fijan al suelo, entonces los brazos exploran nuevos recorridos, como saliendo del cuerpo, y el incipiente busto recibe de pronto la gracia y se apodera de el la necesidad de la danza. Los dedos giran sobre las palmas, suplicantes, los brazos quebrados están como rotos por una responsabilidad demasiado grande, una vez ha empezado el lance inicial, de repente veo un quiebro crispado, unos movimientos aleatorios y ora contrariamente, y me percato que es una pagana, no sabe bailar, pero los entiendo, entiendo la supervivencia de formas, ante los ojos no entrenados, y agradecidos, de un espectáculo callejero, me percato de su dolor de camino, en el vacío de los tiempos de carretas.Como una jaula de carne y hueso donde el pájaro se desenfrena antes de su ultimo canto. Una vida que no ha escogido, pero que posee su alma, quiza ella es libre solo en esa danza, y la urge en si, en completa soledad. De repente, tal como ha empezado, la danza cesa.

La bailarina vuelve a su pequeño cuerpo cansado, de niña vieja, casi muchacha. Brillante del calor, con resuello, desplomada, el viejo procede a contar una nueva historia, una nueva pasada de bolsa para recoger calderilla, las pequeñas ganancias y un nuevo comienzo a otra muerte de cisne. Todos la seguían con la visión, descansando en su rincón, con esa curiosidad insolente, baja y cruel. Para el segundo baile, se desvistió de alguna prenda, su menuda hazaña, acaparo la atención, y se lleno cada vez mas de gente deseosa, a causa de aquella fatiga a la que se entregaba inocente. Salí asqueada. Debió estar bailando toda la noche. Porque durante mucho tiempo el pequeño tam tam lanzo su llamamiento al sacrificio de la pequeña, y no ceso, hasta que el alba fresca entro en la choza agotada.

Gracias aeste baile comprendí la danza eterna, sagrada, de las culturas, por su huella latente de siglos omitidos a través de esa criatura, mala copia de un antiguo destino, la danza que desde hace siglos nutre con su magia al pueblo, dejando un vestigio de gran ceremonial, originado cientos de años atras hasta esa maldita y ruin choza oscura.

Se marcharon con el día, como carne de molino, agua de río, no suelen detenerse en ninguna parte. La preciosa bailarina se reiría en el baile de su destino, sin comprender que ella era como la abeja, también escogida por el destino para llevar a lugares lejanos el mensaje de su danza mal aprendida.


17.7.13

Te vendo mi alma al peso, por un beso.

Mi alma la vendo al peso: pura lana virgen
demente inmaculada, honesta, fiel y valiente, aún creo que está caliente.
Y si no gusta tengo otras pues ninguna es mía, ésta misma, la robé el otro día a un alma en pena que me regaló la suya era fina y honesta un poco antigua así que le di alegría y me regaló un poco de horrorosa poesía compartimos vino, pan y penas y al final de la noche se rompió las venas Al levantar vi su alma inmaculada en mi regazo con una nota: véndela a pedazos está un poco rota
pero ya ni se nota Y así sentí que le robaba la única migaja que le quedaba. Y ahí voy, vendiendo alma pura a saldo (son difíciles de ver, tan transparentes, no te valen ni para un caldo). ¿La mía? ni sé donde está, ni me importa a tantos tahúres la realquilé por un bocado
que el día que vayan a recogerla
ni rastro de ella habrá quedado
pero ya la conozco de mala gana
como polvo de estrella, como fulana,
mi alma, si ya ha cobrado
se escapa de copa en copa, de rama en rama,
de brazo en brazo, de cama en cama, allá ella, sin pena, ni gloria ni compañía
ni yo la molesté, ni nunca hizo lo que no quería Así que en otra ocasión o en otra vida conoceré, si "se le da la gana", su complicada geografía.